21 de julio de 2011

Por qué amo el cine (o carta abierta a Cassavetes y Héctor Soto)

“Mientras más vivo, menos confío en las ideas y más en las emociones”. Esta frase, del cineasta Louis Malle, se acaba de transformar en mi leit motiv. No sólo por lo certera, sino por ayudarme a entender un poco más mi obsesión por el cine; por qué a veces prefiero quedarme suspendida en la pantalla que volver a la realidad; por qué no hay puntos medios ni cordura que valga cuando se trata del director de mis afectos; por qué soy capaz de llorar a mares al ver una película, simplemente cuando me supera la belleza de lo filmado.

Precisamente, esta cita la encontré en el libro del periodista Héctor Soto "Una vida crítica" (2008), días antes de que iniciara su ciclo de conferencias “Certezas y dudas, cuatro maestros del cine norteamericano: Ford, Hawks, Cassavetes y Scorsese” en la UDP. Dado mi interés por sus reflexiones, y la necesidad urgente de un espacio cinéfilo, me propuse ir a todas. Las de John Ford y Howard Hawks fueron un desafío personal, ya que siempre me ha costado digerir los western, no paso mucho esa hombría maqueteada y la boca fruncida de John Wayne; lo cierto es que disfruté las dos. Pero conocer a John Cassavetes- director clave del cine independiente gringo, pero independiente for real, sin lucas, estudios ni espaldarazos de hermanos Weinstein –, eso sí que me hizo tilín.

Desde ahora, para mí Cassavetes y Héctor Soto están irrevocablemente unidos. Del primero, me enamoré en la extraordinaria El bebé de Rosemary  (1969, Polanski), con su rol de marido indolente y burlón, sin saber que era aún más genial detrás de las cámaras; al segundo siempre lo he admirado, por su vocabulario, amplitud de intereses y juicios sensatos.


Gracias al crítico aprendí de Cassavetes, un director que –dice el propio Héctor- "ante todo fue actor". Quizás eso explica su obsesión por los primeros planos, por agobiar a los personajes y al espectador, por detenerse en las sensaciones y estancarse sin pudor en los detalles. Y, sobre todo, por dejar a los actores fluir a su suerte, desamparados pero libres...aprendí que su primera película, Shadows (1959), fue ignorada en EEUU pero aclamada en el Festival de Venecia, lo que demuestra que hay cosas que nunca cambian…que su quinta película, Una mujer bajo influencia (1974), logró por fin cautivar a una crítica esquiva y demasiado amiga de las grandes producciones. También aprendí que sí puedo discrepar con Héctor, porque para mí antes que actor, Cassavetes fue un director. Un cineasta apasionado y absolutamente libre, de esos que quedan pocos y que, adhiriéndome con cierta tristeza al lapidario juicio del crítico, “probablemente no volvamos a ver jamás”.




Como espectadora, defiendo hasta la muerte la idea de que el cine no es privilegio de algunos, sino placer para todos. Y en eso, Héctor Soto es un crítico de los nuestros. De los que hacen juicios elevados pero valoran  las apreciaciones fútiles y simples; que eligen rescatar del olvido a directores como Cassavetes, antes que ensalzar a los conocidos de siempre; que disfrutan compartiendo anécdotas, fechas y todas esas  nimiedades que tanto apreciamos los cinéfilos; que instalan el análisis afectivo por sobre el catedrático, intuyendo que es mejor desconfiar de las ideas, que no creer en las emociones.



PD: Cinéfilos, no todo está perdido; este martes 21 es la última conferencia, sobre Martin Scorsese. Facultad de Comunicaciones y Letras UDP, Vergara 240, 18:30 horas. Avíspese aquí