Resucité. Después de un período de flojera cinematográfica-culpa de la escuálida cartelera nacional -divisé una luz al fin del túnel: Red Social. Partí a verla, con varias recomendaciones a cuestas y la desconfianza propia del exceso de flores. No solo la disfruté, sino que asumí de golpe mi verdad: soy la seguidora tipo de Facebook, sin facultad alguna para entrar en paranoia o hacer un juicio moralista respecto a su invasión de la privacidad. Quiera o no, la plataforma se ha transformado en un catalizador de mi ímpetu voyerista; alimentar mis ratos muertos con fotos ajenas se me ha hecho una costumbre peligrosamente habitual: analizo, juzgo, me río, fisgoneo e incluso alardeo de mi vida -o de los pedazos que quiero mostrar- publicando las mías. Un vil y vulgar “sapeo”. (Quien quiera sacarme de Facebook, hágalo ya)Su creador Mark Zuckerberg, tan perno, huraño y despechado, marcó el inicio de un paradigma, creando una realidad paralela que está al borde de aniquilar la real. Por esos días, su invento es sinónimo de existir en la vida social: es enterarse de los cumpleaños que antes olvidabas, y cuantificar el cariño con los saludos y la efusividad recibida. Es alardear respecto a tu número de amigos, y sentir la puñalada de la indiferencia frente a una solicitud ignorada. Es acceso libre a la intimidad más pura de un conocido virtual, a quien apenas saludas cuando lo tienes al frente. Es la oportunidad de fragmentar tu realidad y elegir la cara que se te antoje mostrar.
Frente a mi hiperventilación habitual a la salida del cine, mi novio me dijo: “me gustó, pero hay que tener más cuidado con lo que declaras en una película”; Es cierto, esto del cine no es juego de niños, la gente se la compra (ok, la compramos) más de lo que deberíamos. Sino, pregúntenle a los que insultan a los actores que han hecho de villanos de teleseries en las calles ¿? Y Zuckerberg, sin duda, queda como villano.
No sé si el director, David Fincher (Club de la Pelea, Siete Pecados Capitales) quiso hacer un juicio moral sobre Facebook , o solo colgarse del fenómeno para asegurar interés. Creo que cuando se trata de arte, es más sano obviar el asunto moral (miren a Woody, Michael Jackson y un largo etc. de geniecillos de dudoso comportamiento) y enfocarse en la obra final .El cine, y todo arte, tienen la peligrosa facultad de escoger con pinzas los pedazos de realidad y –como ocurre en Facebook- reordenarla a su antojo. Pero seguro Zuckerberg tiene su lado amable y una legítima motivación para actuar como lo hizo. No le echemos tanta leña al sujeto; vimos solo una cara de la moneda. Más allá de toda densidad, lo cierto es que me entretuve mucho. Y me mareé, pero de aquel mareo rico (no como el mareo que me produjo El Origen).Su modus operandi funciona bajo la misma lógica vertiginosa de las plataformas tipo Facebook y Twitter. La edición no te da ningún respiro; empiezas a captar e involucrarte en un conflicto cuando te instala en otro; estás metida en el presente y da un salto al pasado, linkea frases atemporales, une escenas e ideas a través de hipervínculos. No sé si me explico, no digamos que lo mío es el coa digital. Pero así es el filme, rápido, desechable y fascinante, como la vida virtual misma.
Y Mark. Es el multimillonario más joven del mundo, pero hizo su fortuna a través de un despecho que le quitó amor, amigos, y ahora, algo de su escasa popularidad. Quizás, la tan inflada venganza de los nerd no sea más que el nombre de una película…
Ya, me dio pena. Le voy a mandar una solicitud de amistad.