Como en toda coreografía, cada paso calza a la perfección. Pero en Black Swan dicha perfección está precisamente en el desbarajuste de esa armonía. Desde el comienzo, Nina (Natalie Portman) muestra que su pasión por el ballet es al mismo tiempo su peor enemigo. Le ha dedicado su vida- igual que su madre, personaje inquietante que vive a través de ella- y esto la tiene metida en un limbo infantilista, que parece protegerla de caer de cabeza en la imperfección del mundo real. Tan inútil como ensayar una y mil veces un paso que, por más que se repita, ya no se puede mejorar.
El director se da el lujo de volver loca a su protagonista, y de jugar también con nuestra sanidad mental. Además-y si no la han visto, fíjense- la película está llena de detalles y blanco y/o negro, no escatima en efectismo para enfatizar una idea, en vestir a Nina de un color según su estado anímico o en recurrir a imágenes casi burdas para inquietar al espectador. Ese efectismo también se refleja en la cámara al hombro que casi ahoga a Nina, mostrando el laberinto de su cabeza que, a su vez, se extrapola a lo que la rodea. Seguro más de alguno quedó con la interrogante dando vueltas: ¿Lo que vimos pasó, o era parte de su paranoia ? La gracia está en que al director no le interesa contestarnos.
Al final, no es tan descabellado lo que nos muestra Aronofsky. Queramos o no, vivimos distorsionando la realidad, desarmando las piezas de los hechos y rearmándolas a nuestra conveniencia, viendo miradas sospechosas, pelambres y reproches en gente que ni siguiera se ha percatado de nuestra existencia. Yo, por lo menos, lo reconozco. Nunca he tenido alucinaciones a lo Nina, pero tal vez no disten mucho…
Eso que nos puede parecer exagerado de Black Swan, incluso inverosímil, creo que no es más que una representación embellecida de nuestros propios miedos, paranoias y exigencias. Sólo una forma coreográfica de interpretar lo que a todos nos aqueja, porque es propio de nuestra subjetiva humanidad.
























