(Publicada en El Dínamo, 15 de noviembre)

Me gusta pensar que todos pasan por eso alguna vez: los genios,
los aficionados, los mediocres. Que el asunto no siempre tiene que ver con
talento y disciplina; a veces, solo se trata de valentía. O incluso, de suerte.
Lo cierto es que hace meses no me llega ninguna de las anteriores. El espacio en
blanco se ha transformado en mi peor y más silencioso enemigo.
De algo así se trata Ruby
Sparks, la película que me devolvió el ímpetu de escribir y que ya está en
nuestras carteleras. Mi amiga Rocío, con su asertividad habitual, me la
recomendó; creo que sus palabras exactas fueron “ve esta película ahora ya”. Imperativa, pero con cariño. Le hice caso y
aquí estoy, llevo más de tres párrafos y sonrío cuando me acuerdo de la
película que acabo de ver. Y de la buena
idea que, para variar, no se me ocurrió antes.

La película se centra en Calvin (Paul Dano) un joven
escritor al que todos llaman genio, dado el éxito de su primera y única novela.
Diez años después, sigue viviendo de ese batatazo sin lograr nada remotamente
parecido. El peso del éxito precoz le
hace paralizarse frente a la hoja en blanco, a su vida sentimental y
básicamente, al contacto con los demás seres humanos. “Escribe lo que puedas, y
luego desaparece”, dijo J.D.Salinger después del éxito del “El guardián en el
centeno” y antes de transformarse en ermitaño. Calvin no sólo admira a
Salinger, sino que también quiere esfumarse de la realidad.
A modo de terapia, comienza a escribir a la mujer de sus
sueños, una joven etérea y atormentada a
la que llama Ruby Sparks (Zoey). Con la idea de Ruby llega todo lo demás: la
inspiración, la incontinencia verbal y el surrealismo. Cuando el susodicho
empieza a encontrar sostenes en los cajones y desodorantes femeninos en su
baño, la cosa se pone brava. Porque Ruby anda dando vueltas por su
departamento, usando su camisa y comiendo cereales. Y no señores, no es un
delirio: Ruby existe de verdad. Y Calvin tiene el poder para reescribirla a su
antojo.
Aunque a veces se envicie con ciertos recursos, como la
manipulación del otro a través de la escritura y la participación de
secundarios estrellitas- para mi gusto,
Annette Benning y Antonio Banderas
suenan más a capricho que a un aporte- es talentosa esta Zoey. Y además
pilla, pues se dio el lujo de poner bajo el yugo de la máquina de escribir a su
pareja en la vida real. Según ella misma cuenta, la idea se le ocurrió un
domingo cualquiera, al ver un maniquí tirado sobre unas cajas vacías. Sí, claro.
Yo he visto muchos maniquíes en mi vida, acostados, sentados y parados, y
todavía no hago una película…
Pero dejemos la envidia de lado. Es buena Ruby
Sparks. Y desconcertante, lo que la hace mejor. Si logras sobrepasar el escepticismo inicial- ese lugar poco
feliz en el que muchas veces nos quedamos estancados- la película se transforma
en una gran sorpresa, donde lo inverosímil se resuelve con solvencia y terminas entregándote con gusto a la dinámica
de lo descabellado.
Aunque podría ser una comedia romántica, me parece mezquino
encasillarla en un género. Es que la volada de Zoey va más allá. Quizás sea
cine fantástico, incluso metafísico, o
un híbrido en la que también encajan El
Ladrón de Orquídeas, Eterno
Resplandor de una mente sin recuerdos (obvio), Zelig y mi querida La rosa
púrpura del Cairo. Un delirio con moraleja, media cursi, pero cierta: lo
peligroso de buscar el amor a medida es que si lo encuentras, termina por
aburrirte.
“Enamorarse es un acto de magia. Escribir también lo es”, reflexiona
Calvin mientras digiere la locura que
acaba de vivir, y entiende que más vale dejarse llevar que intentar soslayar lo
inmanejable. Además, creo yo, escribir es un acto de fe. Es confiar en que, sea
en esta u otra dimensión, lo que escribes está comenzando a existir.
PD: La película está ahora en
cartelera. Apuraos porque intuyo que no va a durar mucho.