
Elisabeth (Liv Ullmann) es una célebre actriz que, mientras representa a Electra sobre el escenario, pierde la voz. Su mutismo no responde a un mero desperfecto biológico; todo indica que tras este se esconde la voluntad de callar. Después de permanecer un período internada, la doctora a cargo indica que Elisabeth está completamente sana, y le receta un tiempo de aislamiento. Entonces, la envía a su casa de verano junto a la enfermera Alma (Bibi Andersson). En la soledad de la playa, ambas mujeres se enfrentan; La primera, insiste en callar. La segunda, en llenar de alguna forma los silencios. En un principio, lo hace revelando su vida y secretos a su silenciosa oyente; luego, hablando por ella, robándole los pensamientos en una simbiosis tan inquietante como perversa.
Con el paso de los días, Alma se transforma en el altavoz de los miedos acallados de Elisabeth. Y la actriz taciturna se deja interpretar. Mientras ambas existencias se traslapan, también lo hacen sus gestos, sus rostros, sus vidas, sus miedos. Entonces, nace la interrogante: si se está frente a dos seres distintos, o a las dos versiones de un alma dividida. Esta dicotomía- que suele hacer presencia en el cine del director sueco- puede confundir al espectador, pero no hacerle perder el norte. Porque la maestría de Bergman no radica en la coherencia de la forma, sino en el grado de verdad que yazca en el fondo.