
Partamos por lo básico: esta película parece hecha para el Oscar. Una historia verídica, lineal, sin mayores sobresaltos, sobre un personaje en conflicto que le “gana al destino”. Con un inicio que nos deja claro cómo la película va a terminar, una relación que parte tortuosa y termina con los personajes abrazados antes de los créditos. Y, sobre todo, un final feliz. No es nuevo lo que digo; de seguro, son muchos los que criticaron la decisión de la Academia de escogerla mejor película. Que Hollywood rinde pleitesía al conservadurismo de la Monarquía. Que los hermanos Weinstein (productores del film), son los reyes del lobby. Que la Academia no se las jugó por premiar un cine más descabellado como el de Darren Aronofsky (
Black Swan) o los hermanos Cohen (Tr
ue Grit). Pamplinas. Al menos, para mí.
Lo cierto es que la historia lineal del personaje derrotado que se ablanda y sonríe con música incidental y blablabla, funciona…y peor aún, emociona. Por lo menos, a mí me da cosa en la guata. Y se me arruga la pera. Y termino queriendo que sea mi amigo.
Ahora muchachos, la pregunta es: ¿Qué diablos busca destacar el Oscar? Son tantos los criterios en juego, que es difícil definir. Popularidad, actuaciones, guión, creatividad. ¿O la premiación debería esforzarse por sorprender al público, y ojalá dejar con los crespos hechos a los favoritos en las apuestas?

No puedo negar que yo misma he despotricado contra la Academia. Especialmente, frente a triunfos de películas como
El Señor de los Anillos,
Titanic y un largo etc. Indignadísima, es más. Pero ver
El discurso del rey despertó en mí un extraño instinto de tolerancia, que dio paso a toda esta larga y tediosa reflexión…
Sinceramente, no creo que el problema esté en el juicio de la Academia, sino en qué esperamos de ésta. Quizás le estamos pidiendo peras al olmo, y no es ahí dónde tenemos que buscar satisfacer nuestros ánimos de justicia cinematográfica. ¿Alguna vez el Oscar ha dado a conocer públicamente los criterios que evalúa? Yo lo desconozco. Pero sé que existen otros instancias igual de valiosas. Los SAG, BAFTA, Independent Spirit Awards, festivales de Cannes y Venecia. No le dejemos toda la carga al pobre tío Oscar (en efecto, dicen que el nombre se debe a que la bibliotecaria de la Academia, encontró la estatuilla igual a su tío Oscar). Existen otras instancias dónde se ha hecho justicia con los rezagados de Hollywood, dónde son otros los que brillan. Con menos pompa, pero quizás con más credibilidad.
Vuelvo al

film en cuestión. Bonita la historia de cómo Jorge VI, tartamudo tímido y “low perfile”, pasó de la noche a la mañana a ser Jorge VI. No fue fácil lo suyo. Y Colin Firth, creo, logró traspasar la caricatura y darle alma al noble en cuestión. Genial, mi querido Colin. Geofrey Rush también se luce como el avispado “doctor” que trata la tartamudez y se toma el codo del futuro rey. En esto, la Academia no se equivoca. Porque más allá de todo efectismo, ranking o condescendencia, una buena actuación se reconoce a la legua. Bien por el Oscar de Colin.
Para terminar, una idea que me ha costado mucho asimilar, y que años de soberbia cinematográfica todavía me lo hacen difícil: hay que puro dejarse llevar por el cine. Si le gustan las películas predecibles, dígalo con la frente en alto! Si se emocionó cuando el personaje de Firth habló de corrido, no se avergüence! Si soltó una lagrimilla cuando recibió el Oscar, tampoco!
Por suerte no somos de la Academia, nadie quiere dejarnos contentos. Sólo nos toca disfrutar.