
Como la gran salida nocturna de la semana, partimos al cine con mi galán (pobre, ha tenido una sobredosis de Woody en los últimos dos años) y una pareja de amigos; ella, mi partner en lo que al director gringo se refiere (y con quién acuñé el término “sensación Woody”, calificativo que inquieta a nuestros cercanos y que alguna vez explicaré); él, menos pasional para sus juicios, pero con una premisa a cuestas: “mientras no aparezca Woody , todo bien. Si aparece, me quedo dormido”. Excelente apreciación, my friend. Es que en el universo del director coexisten dos tipos de películas; en las que aparece en pantalla, y en las que no. Para algunos, la primera opción puede ser insufrible. Para otros, he ahí la gracia del asunto.
Cómo ha sido tónica en los últimos años, esta vez el caballero se quedó detrás de la cámara. Y los cuatro coincidimos en que nos hizo un favor. Porque a falta de su presencia frenética, retomó esa esencia que pareció diluirse en El sueño de Casandra, Vicki Cristina e incluso Match Point y que recuerda a Manhattan, Deconstruyendo a Harry, Melinda & Melinda y al universo caótico neoyorkino que tanto queremos quienes todavía lo queremos.
Esta vez, la mezcolanza dice así: dos matrimonios en crisis; un aspirante a escritor tan perseverante como fracasado; Antonio Banderas en su nuevo rol de “galán latino pero maduro”; un viejo (Anthony Hopkins también le pega a la comedia!) con crisis de “mediana edad”, que deja a su mujer por una jovenzuela (algo así como la versión sin carisma de Mira Sorvino en Poderosa afrodita); la mujer de Hopkins, muy distinta a la jovenzuela sin carisma, que al verse desechada recurre a una adivina con nombre y cara de fraude, pero que al final no era tan fraude…todos se relacionan, se confunden, se pelean, se arrepienten, agachan el moño y terminan mirándose el ombligo, porque tienen demasiada fe en sí mismos, pero poca fe en la vida misma. La sorpresa es que sólo a uno de ellos le toca un final feliz.

“A veces, las ilusiones curan más que los remedios”, dice uno de los personajes al final de la película. He aquí la moraleja que nos deja el tio Woody; la más cursi que le he visto, pero también la más verdadera.