

Aunque lo que siento por La La Land se parezca al amor, no es un sentimiento ciego. La historia de Mia y Sebastian -la aspirante a actriz y el pianista frustrado que entre audiciones, desencantos y fracasos buscan su oportunidad en L.A.- creo que sí peca de excesos: momentos predecibles y clichés, algunas secuencias demasiado largas y otras a mi gusto innecesarias (como el vuelo de Mia) que más que emocionar invitan al sueño. Pero cuando uno se enamora, lo hace con defectos y todo, ¿o no? Siguiendo los pasos del angelito bueno, ahora escribo con la convicción de que La La Land logra su principal objetivo: entretener y cautivar. Al menos a mí me cautivó de forma bastante interactiva: moviendo los pies en mi asiento con cada canción, imaginando cuál gama de colores sería predominante en la escena siguiente, adivinando cuántas audiciones fallidas estaban por venir e incluso contando las referencias a West Side Story, Grease, Dancer in the Dark y a la inigualable maravillosa soberana absoluta Singing in the rain (me perdonan la exageración y el paréntesis, pero aquel que esté leyendo y no haya visto Singing in the rain, lo invito amablemente a dejar de leer, conseguirla y verla. Ahora ya.)

Hay veces en que las proezas técnicas revelan el truco y la excesiva preocupación por los
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