
Sin muchas esperanzas, la buscamos en los estantes olvidados de una tienda de música, en el también olvidado Mall Panorámico. Ahí, perdidos entre comedias de los 80’s y DVD’s de autoayuda, Atreyu, Falkor y la Emperatriz sin nombre nos miraban fijo, como pidiendo que los rescatáramos del olvido…

La Historia sin Fin , es de esas películas “infantiles” que no podemos dejar morir en las fauces del desgano adulto.

Así como me embarga la emoción, me adhiero a la postura planteada en la película, que no es tan descabellada como parece: los seres humanos somos capaces de arruinar cualquier realidad si nos ponemos graves. No creo que nadie quiera vivir tan apegado a la tierra; aquellos que lo proclaman (o aparentan), seguro tienen sus momentos de evasión y divagaje, esos dónde no existe vergüenza, orgullo, pudor o lógica. No importa el tipo de fantasía (ni tampoco la queremos conocer), lo importante es dejar que fluya. Y sobre todo, sin culpas.
Ambos cerebros detrás del filme, el escritor del libro Michael Ende (que, dicen, no quedó muy contento con el resultado final) y el director Wolfang Petersen (Troya y La Tormenta Perfecta), son alemanes. Y la ausencia de la mano gringa que mece la cuna, se nota. Creo que la preocupación por el efectivismo y bombardeo de estímulos, da paso a una estética más oscura y artesanal, que prioriza los diálogos y las miradas de los personajes, antes que la credibilidad de sus efectos.
Como verán, se me hace especialmente dificil hacer un análisis objetivo y distante del filme en cuestión
Pero voy a hacer el último intento…
Quizás decir que el postulado de la película es bastante meloso y cliché (...sí, pero a todos nos hace bien un mensaje meloso de vez en cuando); que el final es predecible y demasiado feliz (…aunque es una película infantil, nada que ver traumar a los pobres peques…); que los "efectos especiales" son de dudosa calidad (bueno, se hizo en la década de los ochenta, igual se ve real el vuelo de Falkor…)
¿Vieron? …No puedo.
Como dije alguna vez, hay veces en que me la compro y me la creo. Si no, pregúntenle a mi Falkor de la suerte.